


Presentación.






Un día me puse a pensar acerca del cómo y del porqué me había interesado por el teatro, por esa “magia evasiva” de vivir por un momento una historia, un tiempo, en un espacio distinto al aquí y al ahora gestáltico.Lo descubrí sin darse cuenta, había sido mi profesor Mario Puch, profesor de la Escuela Santa María donde cursé mi Educación Primaria. Era esposo de una profesora-actriz, Elide Rodríguez que actuaba junto a Jaime Torres en la UPECH, muy cerca de la Escuela Santa María. El motivaba a sus alumnos a que fueran a ver teatro. Era un grupo de adultos, profesionales, que dirigía Cecilia Millar y lideraba Jaime Torres. Creo que vi, “La Caperucita Roja”, “El Fantasmita Pluff” y otras más. Era un mundo fantástico, tenía como nueve años. De esa mágica experiencia, desde lejos conocía a Jaime Torres como “el lobo” o como “el príncipe”, para luego adolescente conocerlo más de cerca. Con diecisiete años -estando en el Liceo de Hombres- me incorporé al Grupo de Teatro que junto a su esposa Cecilia Millar dirigía en la Casa de la Cultura de la Universidad del Norte. Era el “Teatro Independiente” que tenía actores adultos, todos profesionales, yo sólo un “colérico” con la cabeza llena de rulos incorporándome como uno más, actuando en dos obras: “Réquiem para un Girasol” de Jorge Díaz y “La señorita Charlestón” de Armando Moock. Así conocí a Jaime. Fui su compañero de actuación, allá por el año 1967. Jaime Torres Lemus ha sido el tronco del cual todos los teatristas de alguna u otra manera hemos descendidos. Guillermo Jorquera cuando niño era quien recitaba poesías antes de las funciones de teatro de Jaime. También están los que lo han conocido como profesor, colega o compañero: Iván Vera-Pinto, Sonia Castillo, Luisa Jorquera y otros. Algunos jóvenes lo deben haber conocido como el director de la Escuela Artística de la calle Barros Arana al fondo –o la de cerca del Hospital- en la cual alguna vez fueron a aprender teatro, música, folclor o pintura... Leer texto completo en libro.Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
que después de las aguas del diluvio
fue padre universal de todo gato,
ha sido Miaurgato
quien más sangrientamente
persiguió a la infeliz ratuna gente.
Lo cierto es que, obligada
de su persecución la desdichada
en Ratópolis tuvo su congreso.
Propuso el elocuente Roequeso
echarle un cascabel, y de esta suerte
al ruido escaparían de la muerte.
El proyecto aprobaron uno a uno.
¿Quién lo ha de ejecutar? Eso ninguno.
“Yo soy corto de vista”.
”Y yo muy viejo”,“Yo, gotoso”, decían.
El consejo se acabó como muchos en el mundo:
proponen un proyecto sin segundo,
lo aprueban, hacen otro. ¡Qué portento!
¿Pero la ejecución? ¡Ahí está el cuento!
